
Abadi al definir la felicidad pretende asumir en pocas palabras las respuestas de sabiduría sobre la búsqueda eterna, que tuvieron los grandes pensadores. Los argentinos frecuentemente caemos en la fantasía de ser dotados naturalmente, y terminamos improvisando el facilismo que nos lleva al fracaso, la depresión y creemos que el mayor esfuerzo es para los mediocres.
Los que viven de la ilusión conducen a la tristeza por falta de metas y nos confunde la autocrítica, una enorme desvalorización de las cosas en provocar síntomas perniciosos en las clases sociales que conducen a la envidia, que conciste en no ambicionar lo que el otro tiene, sino en tener del otro lo que a mí me falta. Esta envidia no mejora condiciones personales sino destruye los méritos del otro.
Éstas causas se generan por la desvalorizaciòn y el autocastigo de experiencias fracasadas por no poner esfuerzo en un trabajo. Así la envidia conspira contra la felicidad, la solidaridad con el prójimo y es uno de los mayores obstáculos junto a la empatía, razón por la cuál si a un argentino le va bién, éste nunca lo dice, porque sabe que lo van a atacar, pero se lamenta si le vá mal, pero tampoco lo dice porque lo marginan. Entonces la hipocresía de aparentar estar bien lo sostiene para no derrumbarse y se apoya en la confianza buscando al otro.
Robert Hughes dijo "que las sociedades que conspiran contra la felicidad son aquellas que cultivan la cultura de la queja".
Los que repelen la felicidad son los fundamentalismos religiosos y aquellos dogmas políticos totalitarios que dominan el pensamiento de la gente.
La felicidad no debe entenderse como meta final de un camino, sino como un ejercicio permanente practicado hacia los demás en el mundo.
El individualismo argentino no logra encauzar la subjetividad del destino colectivo por ser narcisita. La falta de solidaridad con el semejante es porqué lo mío importa más que lo del otro y provoca un conflicto social con la corrupción al ambicionar tener más con el menor esfuerzo al ser una reacción patológica hacia la violencia.
Superar éstas conductas sintomáticas que conspiran contra la felicidad solo sería posible con una mayor conciencia social que avale mayor cultura racional y a partir de allí se abre una nueva esperanza.
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Éstas causas se generan por la desvalorizaciòn y el autocastigo de experiencias fracasadas por no poner esfuerzo en un trabajo. Así la envidia conspira contra la felicidad, la solidaridad con el prójimo y es uno de los mayores obstáculos junto a la empatía, razón por la cuál si a un argentino le va bién, éste nunca lo dice, porque sabe que lo van a atacar, pero se lamenta si le vá mal, pero tampoco lo dice porque lo marginan. Entonces la hipocresía de aparentar estar bien lo sostiene para no derrumbarse y se apoya en la confianza buscando al otro.
Robert Hughes dijo "que las sociedades que conspiran contra la felicidad son aquellas que cultivan la cultura de la queja".
Los que repelen la felicidad son los fundamentalismos religiosos y aquellos dogmas políticos totalitarios que dominan el pensamiento de la gente.
La felicidad no debe entenderse como meta final de un camino, sino como un ejercicio permanente practicado hacia los demás en el mundo.
El individualismo argentino no logra encauzar la subjetividad del destino colectivo por ser narcisita. La falta de solidaridad con el semejante es porqué lo mío importa más que lo del otro y provoca un conflicto social con la corrupción al ambicionar tener más con el menor esfuerzo al ser una reacción patológica hacia la violencia.
Superar éstas conductas sintomáticas que conspiran contra la felicidad solo sería posible con una mayor conciencia social que avale mayor cultura racional y a partir de allí se abre una nueva esperanza.
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